Llegué a la estación con el tiempo justo para coger el autobús pero no tenía billete. Se podía comprar en el mismo autobús, al conductor, ya otras veces lo había hecho. A algunos no les hacía mucha gracia, supongo que por una cuestión de “interferencia de competencias”. El tipo aquél me miró y simplemente me dijo que había otra persona encargada de vender el billete, y por la entonación que puso al decir esto, me dirigí directamente a la ventanilla, seguir discutiendo hubiera sido una absoluta pérdida de tiempo. Una pareja joven y mal avenida, a juzgar por su aspecto y el volumen de sus voces, con una niña de unos dos o tres años (que más tarde necesitó con urgencia unos pañales pues no había adquirido el higiénico hábito de controlar sus enfínteres, estaban delante de mí; discutían con el tipo que vendía los billetes a través de una ventanilla si la niña tenía que pagar o no el billete. Por el rabillo del ojo pude ver al conductor del autobus que se acercaba y se paraba a mi lado. Creo que eso aceleró de algún modo la pequeña cola que se había formado. “-Un billete de ida, por favor”. Pagué, recogí el cambio, 3.70, y el billete y acto seguido se lo entregué al conductor para que lo rompiera. En ese momento sentí lo inútil de aquella transacción. Pagaba dinero a un hombre para que otro me rompiera el papel que acababan de darme. Eso era el dinero. Cuando el tipo me devolvió (esta vez su mirada era algo más amable) el papel roto, me pregunté a quién se le ocurriría semejante idea.
-”Magnánimus, ven aquí un momento, quiero contarte algo que hace algún tiempo me ronda por la cabeza. ¿Y si inventáramos algo que en realidad no existe?” - Máximo lo miró sin aparentar sorpresa. Lo conocía lo suficiente como para haber dejado de experimentar tal cosa, por muy estrambótica que pareciera a primera vista, Mangánimus no dejaba de tener cierta razón en las cosas que decía-. “-¿Y para qué serviría eso? además se darían cuenta enseguida. Sin embargo te noto algo excitado, ¿quieres un coñac? salgamos a dar una vuelta y me cuentas.
Eligieron una mesa en la terraza. Era una pena desaprovechar un día como aquél, tan luminoso. Había estado lloviendo los díez último días, sin parar. Por las mañanas podía verse a algunos vecinos afanados en el portal de sus casas anegadas. Todavía persistía en el aire un grado más alto del habitual de humedad, pero empezaba por primera vez a calentar el sol, incluso se entreveían algunos claros. Pidieron dos copas de coñac, y un plato de alcaparras aliñadas. No había otras como aquellas en la provincia. El propio Justo, propietario del bar se enorgollecía de recogerlas él mismo “con estas manos” de una huerta que tenía un poco más arriba, por el Cerro del Águila . Un muchacho de apenas 12 años se acercó a la mesa y depositó con pulso firme las dos copas de coñac sobre la mesa.
Antes de probar el coñac Magnánimos encendió un cigarrillo y después de una amplia calada y un suspiro, dijo: “-imagínate un intermediario invisible., una especie de mensajero. Te pongo un ejemplo. Yo hago pan y tú quieres pan, ¿cómo podemos hacerlo? ahí es donde entra el mensajero. Puede producirse la transacción, está todo en orden, procedan. El panadero vendió el pan y la mujer cogió un pedazo aún caliente.
“-Magnánimus, ¡acabas de inventar algo que no existe! ahora sólo tienes que convencerlos”.









