Hay objetos que siempre pertenecerán al pasado. Contendrán en la textura, en el olor, en la temperatura, en esa curva, una pequeña porción de pasado, impregnada en su materia. El mío tiene las puntas romas y, aunque difícil, era lo único que tenía para cortarte el pelo. Tú tu cámara de video, la que te regalé cuando acabaste la carrera, muy rápido me dijiste, “para los dos, es para los dos”. Hay pocas cosas en la vida que se puedan decir rápido, y esa no es una de ellas. “Para los dos” es un concepto digamos tan íntimo que la mayoría de las personas que deciden compartirlo todo, ante dios o en el juzgado, tienen un as en el bolsillo, la tarjeta de crédito, cada uno la suya y en la manga nada. Creo que esto demuestra, aunque por otros menesteres, que es cierta mi teoría de la importancia del objeto, y hasta me atrevería a decir que el culto a lo material.
Aquél día me arrancaste (porque a como lo hiciste no se le puede llamar quitar) el pendiente que llevaba en el labio, un poco más abajo de esa fina linea que no es ya mucosa ni todavía piel, y que me venía molestando desde hacía tiempo, -¿se desgastaría el diente?-. Supongo que a tí llegó a molestarte el pelo de un modo parecido, aunque sólo sea por el calor que debía de darte, era verano por aquella época. Problemas con el trípode en el baño, “vale, ahora está perfecto” , encuadrar la imagen frente al espejo. Nunca llegué a ver la cinta. Creo que hay cosas que si no se comparten acaban siendo sólo para uno mismo, -y eso es egoísmo-, o se pierden en el olvido -y eso es desperdicio; es como echar una carta al correo y que acabe en un charco, qué triste, ¿no?. En Berlín tuve una sensación parecida en un parque. El columpio estaba tan parado que me hizo sentir algo por detrás de la nuez, que en mí la tengo un poco pronunciada, una bolita de enorme melancolía por aquél columpio inútil olvidado del mundo. Una carta en un charco. También a mi hijo le parece triste, cuando le conté “el pececito que olvidaba las palabras” se puso muy triste y me dijo: “no me gusta ese cuento”. Tal vez sea un cuento alegre, al fin y al cabo, y “el del hombre y las tijeras romas” uno triste. Afortunadamente no son muchos los objetos que poseen la cualidad de impregnarse de recuerdos, ¡si no andaríamos distraídos todo el tiempo! -”ah,fíjáte en esto, ¿te acuerdas…?” La mayoría de las cosas que oímos se olvidan si no se vuelven a escuchar, las caras de las personas se nos difuminan si tardamos tiempo en verlas otra vez, el ser humano no tiene tan buena memoria como de la que presume, tiene que seguir viviendo al fin y al cabo, somos seres independientes (nos pudriremos con gusanos en los ojos igual nos metan en la caja como si no, y ahora que estamos vivos, todos limpiamos nuestro culo.
Hacia otros objetos siento una especie de fetichismo. Pasan tanto tiempo conmigo que el no tenerlos cerca me produce cierto nerviosismo. ¡Ah, aquí lo tengo! en el bolsillo izquierdo del pantalón, mi boli, negro, por supuesto, ¿cómo podría escribir con tinta azul en mi cuaderno negro? sería casi un sacrilegio, tiene que ser negro, de cabo a rabo y no de principio a fin, ¿pues no es una criaturita todo lo que escribimos? Primero se gesta en nuestro interior y luego se expulsa, se vomita, si es hablado, o se transmite a las manos y a los dedos para quedar expuesto al exterior. Si creo en algún dios, debe de ser en muchos, pululando por ahí todos somos pequeños dioses capaces de crear algo con mayor o menor esfuerzo, incluso dolor. Después la criaturita va creciendo y empieza a despegarse (tal vez aquí aquellos que no sintieron dolor con la llegada de su nueva criaturita, sí se quejen aquí de este sentimiento, que algunos expresan con términos de dolor, y otros incluso han llegado a utilizar la palabra “desgarrador” para referirse al proceso de separación de la criaturita como ser independiente de sus progenitores. Lo mismo pasa con lo escrito, llega un momento en el que uno empieza y todo lo que viene detrás sale por inercia al tirar del hilo de la madeja de lana. Vaya un nudo (…) y se comienza de nuevo por el mismo camino o por otro distinto, hasta que no queda nada de la madeja y ahora todo es hilo. Se puede hacer una bufanda ahora para el frío, pequeño dios, o volver a enrollar bien la madeja, esta vez hazla sin nudos, para otro o para en otro momento, así bien puesta.









